
by Perry
Partes I-VII
Una vez dentro, cada cual ocupó el puesto que le pertenecía: la Duquesa y la Archiduquesa sentadas justo frente al altar, el Barón y los otros miembros de la corte sentados justo atrás. Después de que el cura leyera el sermón, preguntó si a alguien gustaría decir unas palabras. La primera en subir al altar fue la Archiduquesa, quien recordó los momentos que pasó con la Marquesa, cuando ésta decidió mudarse a Palacio, las múltiples orgías en las que participaron juntas. En seguida subió la Duquesa, quien dijo muy poco, ya que no podía parar de llorar, pero entre sollozos pidió al jefe de la policía, quien se encontraba sentado cerca de la entrada de la catedral, que por favor hiciera hasta lo imposible para encontrar el cuerpo de la Marquesa.
Otros miembros de la corte pasaron, luego el cura retomó la palabra y justo cuando iba cerrar la ceremonia, el jefe de la policía se levantó y dijo: Señor cura, me gustaría decir unas palabras.
Todas las miradas de las personas ahí congregadas se centraban en el jefe de la policía, nadie se explicaba qué era lo que ese hombre tenía que decir sobre la Marquesa, ya que eran de mundos diferentes y nunca habían cruzado siquiera una mirada, pero el cura accedió a su petición y el hombre subió al altar.
- Muchos de vosotros estaréis sorprendidos al verme en esta posición, comenzó diciendo el jefe de la policía. Primero debo aclarar que no estoy aquí para hablar sobre la Marquesa de la forma en que algunos de vosotros lo habéis hecho, pido vuestra comprensión, pero todo esto tiene un por qué.
Hace dos días, dos mujeres llegaron a la delegación, desesperadas, exigiendo que apareciera el cuerpo de la Marquesa, basadas en el presentimiento de una de esas distinguidas damas. He de confesar que en ese momento todo me pareció una desfachatez e ignoré el clamor de esas mujeres, pero ellas insistían en decir que la Marquesa corría peligro. Recapacité y decidí indagar en el por qué de las afirmaciones de esas damas. Fue así como hable con un caballero, quien me informó de que se encontraría con la Marquesa y la traería sana y salva a Palacio. Esa noticia consiguió tranquilizar a las damas y di mi trabajo por hecho.
Para mi sorpresa, al día siguiente se presentan una vez esas damas en la delegación, sólo que está vez no llegan preguntando por el cuerpo, sino que traían consigo partes del mismo.
Un crimen como ése no podía quedar impune en este pueblo, así que decidí resolverlo a todo costa y comencé de inmediato con las investigaciones e interrogatorios correspondientes.
La teoría más sólida era que el caballero que se encargaría de traerla a Palacio era el culpable, pues varias fuentes confirmaron haber visto pasar su carruaje por Palacio, por el lugar donde las partes del cuerpo de la Marquesa fueron encontradas, todo indicaba que este caballero había acabado con la vida de la Marquesa, la había descuartizado y dejado esas dos partes frente a Palacio, confiado en que nadie lo vería. Para su defensa contaría con la palabra de su cochero y la suya, usaría su reputación intachable como coartada y saldría bien librado.
Después de una pequeña pausa el jefe de la policía dijo: el caballero del que hablo es el Barón Gor Van Jermoler. La iglesia se inundo de murmullo, los cuales fueron seguidos de gritos pidiendo que le arrestaran y le hicieran pagar por ese horrible crimen. El jefe de la policía pidió calma y prosiguió:
- Pero el Barón contaba con la coartada perfecta y ésta no provenía ni de su cochero, ni basada en su reputación… sino de la persona menos esperada, una persona con la que no contaba nadie. Por los momentos mantendré la identidad de esta persona en el anonimato, lo importante por ahora es que el Barón es inocente y no ha tenido nada que ver con la muerte de la Marquesa, su único error fue pasar por el lugar equivocado a la hora indicada, pero no para él, sino para las culpables de este crimen.
Una vez más los murmullos inundaron la iglesia, mientras cuatro miembros de la policía bloqueaban la salida de la catedral.
- Sí, he dicho las culpables, pues quienes cometieron este atroz acto fueron dos damas, esas mismas damas que acudieron a mi aclamando ayuda y esas damas están entre nosotros, son la Archiduquesa de de Awa y Berwick-upon-Tweed y la Duquesa Chaka Cortes Heredia de Padul e Ifgenia la Mayor.
En ese mismo momento las dos mujeres intentaron salir de la iglesia, corrieron por el pasillo lateral con los tacones en las manos, pero fueron detenidas por los policías, justo antes de que la turba enardecida que pedía que fuesen decapitadas o quemadas en la hoguera, se abalanzara sobre ellas.
El Lunés el Epilogo, explicando como el jefe de la policía resolvió el misterio y el motivo del mismo.